El encuentro con la cordura del amor

May 2, 2021 | Historias | 0 Comentarios

Yoga en Pereira

Una historia real sobre una mente agotada y un corazón preparado.

Eran ya las 6:00 de la mañana cuando el médico ingresó al cubículo donde estaba yo, acostada en una camilla pasando los efectos de una sedación y emocionalmente exhausta.

— ¿Cómo se siente?
— Avergonzada
— ¿Cree que pueda salir ya caminando
— Creo que sí

Tomó mi presión, miró mis pupilas y le dijo a la enfermera que ya podía quitarme el catéter.

— Vaya y descanse, tome mucha agua.
— Gracias.

No voy a entrar en detalles sobre cómo llegué hasta ahí, solo comentaré que, si el miedo tuviera garras, esa noche anterior las afiló para despedazar cada parte de mí. En la historia clínica indicaba que había sufrido un ataque de pánico. Nunca había experimentado uno y tal vez había escuchado sobre el tema muy vagamente. En todo caso, sentir la falta de aire, las manos frías, el vómito y el temblor en mi estómago que se irradiaba en todo el cuerpo, la sensación aterradora de que se me iba la vida, fue tan real como el pensamiento punzante que llegó después de que una enfermera me mirara a los ojos y me dijera: “No estás muriendo, estás bien, tus signos vitales están bien, tienes que calmarte”

— Mierda mierda mierda!!!! Entonces me estoy enloqueciendo.

Y ya no sé si era peor que la sensación de morir… ahora me imaginaba en una clínica de reposo, pensaba en mi hijo, en la posibilidad de que me lo quitaran por mi condición mental (sí, así de paranoica estaba), sentía que nunca iba a salir de ese estado, que simplemente había caído en un pozo tan oscuro y hondo que me quedaría allí toda la vida.

No fue así, afortunadamente. Después de una noche de perros llegó un día menos abrumador, aunque profundamente triste. Recuerdo que estaba en uno de mis últimos módulos de formación de kundalini yoga, era un sábado y allí en el salón lleno de gente, vestida de blanco, en medio de meditación y lectura no podía parar de llorar. Me sentía un total fracaso.

¿Para esto he estado practicando yoga todo este tiempo? – Después de más de un año de formación cómo puedo estar pasando por esto? – ¿Cómo permití a mi mente llegar a este punto?

Transcurrió una tarde entera en asunto de jueza tajante, juzgándome y declarándome culpable sin tregua:

  • De ir por la vida pensando mucho y haciendo poco: Culpable
  • De reprimir mis deseos y minimizar mis emociones, permitiendo que los demás hagan lo mismo: Culpable
  • De esperar que la vida decida por mí en el miedo profundo a equivocarme: Culpable
  • De intentar encontrarle la razón y la lógica a todo, aún a lo que no tiene o simplemente no lo necesita: Culpable
  • Del fracaso al intento de mostrarme fuerte y enfocada: Culpable

Llevaba unos buenos años en medio de una guerra interna extenuante, la mente sucumbió esa noche porque no sabía por dónde más dar la batalla, estaba tan descontrolada en su búsqueda de control que decidió desconectarse y dejar que el miedo hiciera de las suyas. Me di cuenta de que me sentía lejana, ni siquiera entendía de qué, o de quién, pero era un sentimiento de ausencia y desconexión tan profundo que, si alguien me hubiera dicho en ese momento que mi ser constaba de solo carne y huesos, me lo hubiera creído sin problema.

Hay algo bueno en medio de la sensación de tocar fondo y es justo eso, concebir que de ahí para abajo ya no hay nada más; recuerdo durante la crisis mirar a los ojos de mi amiga (gracias universo por su presencia) y decirle: “si salgo de esta, nena, sé que mi vida se va a partir en dos”. Y así fue, tuve los ovarios suficientes (o tal vez ninguna otra opción) de decidir que, a partir de ese momento tenía que dejar de vivir en mi cabeza y escuchar más a mi corazón. Vinieron a mi mente muchas imágenes y frases que durante el transcurso del profesorado de yoga había escuchado de mis maestras y, entre ellas, que la paz se encontraba siguiendo a ese maestro interno y tal vez, esa noche de abril fue una contundente bofetada para que de una vez por todas lo empezara a hacer, ¿Cómo? Ni idea, pero el objetivo estaba claro.

Dos años después del episodio, en la apuesta concreta de escuchar más mi corazón de la mano del yoga, la meditación, la lectura, y seguir meditando (esta sin duda es la que más silencio aporta) sigo comprendiendo:

Primero que cuando hablamos de “escuchar a nuestro corazón” estamos hablando, más que de un órgano de un centro poderoso de energía, un puente que conecta lo terrenal con lo infinito (me encanta decir esto). Ahí en nuestro pecho está ese músculo que bombea incesantes litros de sangre y también está esa energía que todo lo mueve: EL AMOR.

Que escuchar a ese maestro significa justo eso, actuar desde esa energía transformadora.  Yo juzgué muchas veces esta idea, pensaba que eso de seguir el corazón era para soñadores y débiles, que el corazón estaba para usarse en momentos de ternura y apoyo para el otro, pero no para “pensar” la vida desde ahí ni mucho menos tomar decisiones, de alguna manera la vida me había hecho creer que vivir en el corazón me iba a hacer sufrir mucho (claramente es justo lo opuesto).

Mi paso por el yoga y su filosofía me explicó que el AMOR tiene dos formas de entenderse; desde unas cualidades que te dicen que lo estás expresando desde tu ego, o que viene desde tu corazón: AMOR verdadero. Así, por ejemplo, el amor egoico es condicional, posesivo e intermitente, mientras que el amor en su expresión pura es incondicional, libre y eterno.

Que, para entregar amor, (y sé que lo hemos escuchado mucho) tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos, ¡y qué tarea más jodida! Yo, por ejemplo, nunca me decía que me amaba, ni entendía qué era amarse o demostrarse amor, siempre me resaltaba lo que tenía por mejorar y mi lista de cosas que no me gustaban era más larga que la del mercado. Así que, aprender a amarse es un camino que requiere de mucha compasión y, sobre todo, de sacar esos momentos íntimos (que para mí son la meditación) para empezar a conocerse de verdad, para entender la raíz de nuestras incoherencias, la causa de nuestros actos, el mensaje nuestras emociones. Cito una frase de mi manual de profesores que creo identifica mi paso por este proceso: “El mayor logro de la humanidad es el reconocimiento de la propia locura y el encuentro con la cordura del amor”. También escuche alguna vez una frase que me dejó conmovida: “Amar es procurar la libertad del otro, aunque no te incluya, así que ten los huevos y los ovarios de amar” y volví a recordar las cualidades del AMOR, es incondicional: decides amar sin esperar que haya simetría, es libre: abrimos la mano para que el ser amado vuele a su gusto y es eterno, no nos aferramos a las formas, pues sabemos y estamos seguros de que la esencia no cambia.

No diré que es fácil, mucho menos que experimento el AMOR en su expresión pura el 100% de las veces, decirlo sería negar la presencia de algo que nos hace humanos: EGO. Está ahí y a veces sufro porque “no me aman como quiero”, o me lleno de justificaciones para no amar a mi prójimo y por eso, finalmente entendí que este proceso de escuchar el corazón es un camino espiritual, que sí necesito estar conectada con mi alma, con el infinito que para mí es Dios y así poder experimentar ese amor, y que esa conexión es tan sencilla como presionar el switch para encender la luz. Ese AMOR que nos conecta está rodeándonos constantemente, lo podemos experimentar en todo: en la mirada de tu hijo, en el calor del sol, en el desayuno de la mañana, en la sonrisa de tus amigos, en el canto de un mantra…, en el silencio de una meditación.

Y así es como voy, haciendo espacios para escuchar a mi maestro, entendiendo que mi ego se desquita y hace berrinche explicándome con mil y una razones de por qué sí y por qué no de las cosas, habla muy fuerte porque le encanta ganar, pero voy poco a poco encontrando el “truco”: ante la ola de pensamientos hago consciencia de mis emociones ¿Me siento depresiva?, ¿eufórica, ¿confundida?, ¿apática?, ¿triste? Indicios de que el ego anda haciendo de las suyas ¿Me siento en paz? ¿Expansiva? ¿Dichosa? Pues entonces voy por buen camino.

SAT NAM

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